Puedan cambiar?

Después de un pleito entre jóvenes (amigos anteriormente) de nuestro barrio, mi vecina Claudia y yo empezamos platicar con los padres de los jóvenes involucrados.  Quisimos escuchar los sueños que ellos tienen para sus hijos. Las mamás nos dijeron que quisieran que sus hijos consiguieran una buena formación y después un buen trabajo. Les preguntamos a los padres cómo prevenir pleitos en el futuro. Las mamás dijeron que cuando los jóvenes estaban fuera de sus cinco sentidos, se encendían pleitos por algo tan aparentemente trivial como una mirada desdeñosa. Ellos nos dijeron que pensaban que un paso importante sería asegurar un lote abandonado, porque el acceso a este lote hizo más probable que los jóvenes pudieran actuar escondidos. El acceso entonces hizo más probable que los jóvenes tomaran drogas o alcohol hasta perder sus sentidos.

Cuando hablábamos con los padres Claudia y yo los aseguramos que buscábamos soluciones, no culpables. De todas maneras de nuestro punto de vista, todos los jóvenes involucrados tenían responsabilidad acerca del pleito. Todos usaron agresión verbal. Todos usaron agresión física. Yo dije a los padres lo que mi mamá nos dijo a mí y a mis hermanos cuando nos quejábamos de que otro hermano empezó un pleito: “Si, y tú mantuviste el fuego ardiendo.”  Si un joven incendió el pleito con su mirada o agresión verbal, otros mantuvieron el fuego ardiendo.

De nuestro punto de vista, tampoco tenían la responsabilidad sólo los jóvenes. Seguramente hubo adultos que ayudaron a los jóvenes a encontrar drogas y alcohol. Ellos también tienen responsabilidad. La falta de servicios sociales también jugó un papel. Entonces el gobierno tiene su porción de la responsabilidad.  Hasta Claudia y yo tenemos responsabilidad por no haber actuado antes, aunque sabíamos que los jóvenes tomaban alcohol y drogas y habían empezado a actuar en maneras antisociales. Tenemos responsabilidad por nuestra pasividad. Tenemos responsabilidad por no haber hablado antes con los padres para buscar soluciones.

Aunque sabíamos que nuestros vecinos tenían problemas penosos, no ofrecimos  ayudarlos. Vivíamos tranquillas atrás de nuestros muros. Fue el pleito con ladrillos–que nos despertó de la pasividad.

Después de haber platicado con los padres de los jóvenes involucrados en el pleito oímos  a otros vecinos que ellos, sí platicaron con los padres anteriormente. Pero, según los vecinos, los padres no les hicieron caso.  Los padres no quieran oír nada sobre la conducta delincuente de sus hijos. Los padres desmentían lo que estaba pasando frente a sus ojos.  Según los vecinos, los padres pudieron reconocer la conducta antisocial de los hijos de otros, pero no pudieron reconocer la misma conducta en sus propios hijos. Algunos vecinos nos dijeron a cerca de las familias con hijos involucrados en el conflicto, “No van a cambiar.”

Me pregunto, ¿es verdad que las familias de los jóvenes involucrados en el pleito no vayan a cambiar? ¿Es verdad que los padres no puedan ver lo que están haciendo sus hijos? ¿Es verdad que las mamás hayan de ver sus hijos, como Jesús Cristo, como victimas inocentes? ¿Es verdad que las mamás tienen que verse como la Madre María, impotente de salvar su hijo de fuerzas malas? ¿Es verdad que no puedan ver la posibilidad de ayudar sus propios hijos a renunciar a drogas y agresión? Es la verdad que los jóvenes están perdidos? ¿Es verdad que su futuro inevitable sea tener cerebros tan dañados por las drogas y alcohol que ningún sueno de sus padres se realice?

Repito. ¿Es verdad, como algunos vecinos dicen, sobre las familias, “No van a cambiar?” Yo no quiero creerlo. Quiero creer que sí, que las familias puedan cambiar. Que sus hijos no están perdidos. Que sí, sus vidas valen.

Pero entiendo bien que es poco probable que las familias vayan a cambiar. Entiendo bien que es poco probable que mamás con ojos cerrados vayan a abrir los. Entiendo bien que es poco probable que sus jóvenes dejen de drogarse. Entiendo bien que es poco probable que estos jóvenes vayan a renunciar a actos agresivos.

Entiendo porque veo claramente qué difícil es para mí reconocer lo que yo he hecho contra de mis propios valores. Entiendo bien porque yo he negado mi propia responsabilidad por los conflictos,  actuando como víctima y echando la culpa a otros. Entiendo bien porque veo qué difícil es para mi quitar el rencor de mi propio corazón.

Entiendo bien porque veo cuán impotente me siento,  enfrentada a un acto irrespectuoso. Y yo era maestra de filosofía. Yo tengo una pareja que me quiere. Yo no tengo problemas como la falta de dinero que causen estrés severo.  Yo no tomo drogas ni alcohol. Yo bailo la música Cubana.  Yo descanso en mi jardín lleno de arboles.

Si yo, una persona tan privilegiada, regreso un acto irrespectuoso con otro, ¿cómo puedo tener esperanza que los jóvenes controlen sus impulsos de drogarse y sus impulsos agresivos?  Y si yo tengo poca fe deque los jóvenes puedan escapar el camino de la ruina, ¿cómo puedo pedir a sus mamás que vean con ojos abiertos la vida de sus hijos? La vida que no vale nada.

Mejor que me quede a dentro de mi casa haciendo el quehacer, como la mamá de un joven drogado me sugirió?

Continuará

 

 

 

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